Por Victor Hugo Arriola.-
La muerte de Carlos "Indio" Solari provocó una conmoción que excedió ampliamente al mundo del rock. Durante días, miles de personas compartieron recuerdos, canciones, fotografías y testimonios personales. Al mismo tiempo, reaparecieron viejas críticas, cuestionamientos y rechazos hacia su figura.
La muerte de Carlos "Indio" Solari provocó una conmoción que excedió ampliamente al mundo del rock. Durante días, miles de personas compartieron recuerdos, canciones, fotografías y testimonios personales. Al mismo tiempo, reaparecieron viejas críticas, cuestionamientos y rechazos hacia su figura.
Como suele ocurrir con los personajes que dejan una marca profunda en la historia cultural de un país, el Indio volvió a dividir opiniones.
Pero quizás la pregunta más interesante no sea qué representa el Indio Solari, sino qué revela sobre nosotros mismos y sobre la Argentina que habitamos.
Porque detrás de cada discusión sobre su figura aparecen cuestiones mucho más profundas: ¿quiénes tienen legitimidad para representar la cultura nacional?, ¿qué expresiones populares son consideradas valiosas y cuáles son despreciadas?, ¿quién decide qué es "bueno", "correcto", "civilizado" o "superior"?
Desde hace décadas, la Argentina parece debatirse entre dos formas de entender la convivencia social. Por un lado, una concepción que reconoce la diversidad, las contradicciones y la complejidad de una sociedad plural. Por otro, una tendencia recurrente a dividir a los argentinos entre quienes supuestamente encarnan la virtud y quienes representarían el atraso, el error o la decadencia.
No se trata de un fenómeno nuevo. En distintos momentos de nuestra historia adoptó nombres diferentes: civilización y barbarie, unitarios y federales, peronistas y antiperonistas, pueblo y oligarquía. Hoy reaparece bajo nuevas formas y nuevos discursos.
En los últimos tiempos, ciertas expresiones instaladas en el debate público parecen profundizar esta lógica. Cuando se habla de "gente de bien" o se afirma que determinados sectores son "moral y estéticamente superiores", no estamos simplemente ante frases provocadoras. Estamos frente a una manera de concebir la sociedad donde algunos aparecen investidos de una superioridad que les permitiría juzgar a los demás desde una posición privilegiada.
El problema de esta mirada no es solamente político. Es, sobre todo, cultural. Las democracias modernas se construyen sobre la idea de igualdad en dignidad y derechos. Esto no implica que todas las opiniones sean igualmente acertadas ni que desaparezcan los conflictos. Significa que ninguna persona ni ningún grupo posee un monopolio sobre la virtud, la inteligencia o la moralidad. Tal vez por eso la figura del Indio genera reacciones tan intensas.
Su obra nunca estuvo habitada por héroes perfectos. Sus canciones hablan de personajes contradictorios, vulnerables, marginales, derrotados y, muchas veces, profundamente humanos. Son relatos que desconfían de las certezas absolutas y de quienes se presentan como portadores exclusivos de la verdad. Quizás allí radique una de las claves de su vigencia.
Mientras muchos discursos contemporáneos buscan clasificar a la sociedad entre buenos y malos, correctos e incorrectos, civilizados y bárbaros, la obra del Indio parece recordarnos que la realidad es bastante más compleja. Por eso resulta paradójico que algunos de sus detractores lo acusen de representar una visión sectaria de la sociedad. Lo que emerge de gran parte de su producción artística es precisamente una crítica hacia los mecanismos mediante los cuales ciertos grupos intentan establecer jerarquías morales sobre otros.
Detrás de los gustos, las preferencias y los consumos culturales suelen esconderse luchas por definir qué es legítimo y qué no lo es. En ese sentido, el fenómeno ricotero fue mucho más que una experiencia musical: fue una forma de construcción identitaria que desafió las jerarquías culturales tradicionales.
La pregunta de fondo sigue siendo la misma que atravesó buena parte de nuestra historia nacional: ¿queremos una Argentina construida sobre la diversidad y el reconocimiento mutuo, o una Argentina donde distintos sectores se alternen en la pretensión de sentirse moralmente superiores a los demás? La experiencia histórica ofrece algunas respuestas.
Las sociedades que progresan no son aquellas donde desaparecen las diferencias, sino aquellas capaces de procesarlas sin convertir al adversario en un enemigo ni al diferente en un ser inferior. Cuando la política abandona el terreno de los argumentos para instalar categorías morales absolutas, la convivencia democrática comienza a deteriorarse.
Quizás por eso el fenómeno cultural que rodeó al Indio Solari resulta tan significativo. Más allá de las preferencias musicales, nos obliga a reflexionar sobre la Argentina que somos y sobre la Argentina que queremos construir.
Una comunidad democrática no necesita ciudadanos idénticos. Necesita ciudadanos capaces de convivir con quienes piensan distinto.
Porque cuando una sociedad comienza a convencerse de que algunos son "mejores" que otros, el problema ya no es solamente político.
Es, fundamentalmente, cultural. Y nuestra historia conoce demasiado bien las consecuencias de ese camino.
























