A siete kilómetros del pueblo de Mburucuyá, por el antiguo camino que conducía hacia Arroyito, existe un rincón donde el tiempo parece haberse detenido. Allí, junto a un estero silencioso y cubierto de juncales, sobrevive un monte espeso que guarda secretos tan antiguos como la memoria misma del pueblo. Los más viejos todavía lo recuerdan con un nombre que eriza la piel: Monte de las Almas.
En otros tiempos, aquel lugar había sido un pequeño cementerio rural. Las cruces de madera sobresalían entre el pastizal, humildes y torcidas por el paso de los años, mientras el viento del campo parecía rezar entre ellas durante las tardes de invierno. Nadie imaginaba que la naturaleza terminaría por borrar casi todas las huellas de aquel sitio sagrado.
Pero en el año 1948 ocurrió una creciente descomunal. Las aguas avanzaron desde el estero con una fuerza salvaje, cubriendo caminos, montes y chacras. El cementerio quedó totalmente inundado. Durante días, las cruces flotaron a la deriva como fantasmas perdidos en el agua turbia. Cuando finalmente la creciente bajó, el paisaje había cambiado para siempre: las tumbas desaparecieron, las cruces ya no estaban y el silencio se volvió más pesado que antes. Desde entonces comenzaron las historias.
Los lugareños aseguran que al caer la noche el monte adquiere una extraña oscuridad, distinta a cualquier otra. Los animales se inquietan, los perros se niegan a cruzar por allí y el viento trae murmullos que parecen voces lejanas. Muchos viajeros afirman haber sentido pasos detrás suyo, aunque al mirar no encuentran a nadie. Sin embargo, la aparición más temida es la de una mujer vestida de blanco.
Dicen que surge entre los árboles apenas oscurece. Es alta, demasiado alta para ser una persona común. Camina lentamente, casi sin tocar el suelo, y sigue durante varios metros a quienes pasan cerca del monte. Algunos cuentan que jamás les habló; otros aseguran haber escuchado un llanto suave, parecido al de alguien que todavía busca descanso.
Los más ancianos del lugar aconsejaban no mirar hacia atrás cuando ella aparecía. “Si la viste una vez, ella ya sabe quién sos”, repetían en voz baja alrededor del fogón, mientras el miedo se mezclaba con el respeto por aquello que nadie podía explicar. Con los años, el nombre de Monte de las Almas fue desapareciendo de las conversaciones cotidianas. El progreso borró caminos viejos y nuevas generaciones crecieron sin conocer del todo la historia. Pero el misterio nunca se fue.
Todavía hoy, cuando la noche cae sobre los esteros de Mburucuyá y el monte queda envuelto en sombras, hay quienes aceleran el paso al cruzar por ese lugar. Porque en el fondo, aunque nadie quiera admitirlo, muchos sienten que entre esos árboles aún permanecen las almas de un pasado que jamás encontró descanso.






















